Trabajé duro para prosperar, pero la vida me trató con indulgencia. Una hija adorable, un buen bufete, un barco... Nada que reprochar a la fortuna, más que alguna cláusula menuda del contrato. Lo que peor llevo del oficio es la espera, este impás despiadado en el que los abogados quedamos a merced de la sentencia. No importa el trabajo bien hecho, ni los encajes del alegato; de nada sirve el afán con el que hayamos defendido un caso porque, llegado el momento, todo el peso de la arbitrariedad pende sobre nuestras cabezas. El caos adquiere formas inquietantes: un magistrado caprichoso, un acusado antipático, la grotesca feria de jurisprudencias...
Supongo que no hay felicidad libre de esa cruel lotería, y que todo eso es el peaje de una vida aproximadamente feliz. Pero, mientras apuro el cigarro, no soporto la espera. Ni esa sonrisa salomónica con que ahora me recibe el oncólogo.
Oficio de tontos
Tontos son los creen, los que crean, los que buscan el temblor de una palabra, los que se ríen de su sombra, los que se enamoran por nada, los que pierden pero no se pierden, los que se enorgullecen de sus amigos, los que no eligen el camino fácil, los que siempre están ahí, los que piensan que el mundo no está perdido todavía... Bienaventurados los tontos, porque de ellos será el reino de la literatura.
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martes, 14 de junio de 2011
miércoles, 18 de mayo de 2011
Belcebú
Todos obedecen mis órdenes en cuanto chasqueo los dedos. Puedo olisquear el miedo en sus movimientos nerviosos de perrillos falderos, en sus sonrisas rastreras de viles subordinados. Me gusta amenazarlos con una vida de penalidades fuera de la organización, y les ofrezco el anillo para que besen, con todo lujo de reverencias, la mano que les da de comer.
Sé que murmuran continuamente a mis espaldas y que, si pudieran, me sacarían los hígados para comérselos crudos. Pero también eso forma parte del placer, porque cuando menos lo esperan los arrincono por los pasillos del edificio y los obligo a lamerme los zapatos y escupir sobre la fotos de sus familiares queridos.
Cuando me aburro, invento intrigas y les hago creer que gozan de mi favor para que se despedacen entre ellos como lobos salvajes. Me pone este olor a chamusquina, a carroña, a inmisericordia.
Mi secreto es que nunca caí en el vicio de la piedad ni jamás dudé de mí. Y mucho menos ahora, que he sido reelegido por mayoría absoluta para los próximos cuatro años.
(Extraído de Miedo me da, 78 relatos de humor y espanto (Algaida).
Sé que murmuran continuamente a mis espaldas y que, si pudieran, me sacarían los hígados para comérselos crudos. Pero también eso forma parte del placer, porque cuando menos lo esperan los arrincono por los pasillos del edificio y los obligo a lamerme los zapatos y escupir sobre la fotos de sus familiares queridos.
Cuando me aburro, invento intrigas y les hago creer que gozan de mi favor para que se despedacen entre ellos como lobos salvajes. Me pone este olor a chamusquina, a carroña, a inmisericordia.
Mi secreto es que nunca caí en el vicio de la piedad ni jamás dudé de mí. Y mucho menos ahora, que he sido reelegido por mayoría absoluta para los próximos cuatro años.
(Extraído de Miedo me da, 78 relatos de humor y espanto (Algaida).
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