Oficio de tontos

Tontos son los creen, los que crean, los que buscan el temblor de una palabra, los que se ríen de su sombra, los que se enamoran por nada, los que pierden pero no se pierden, los que se enorgullecen de sus amigos, los que no eligen el camino fácil, los que siempre están ahí, los que piensan que el mundo no está perdido todavía... Bienaventurados los tontos, porque de ellos será el reino de la literatura.

viernes, 25 de octubre de 2013

El otoño del patriarca

Artículo publicado en la revista Culturamas.   

Mi vida, como tantas otras, está llena de novelas y resulta penoso elegir una sola de esa biblioteca en la que vamos guardando nuestras experiencias, nuestras pasiones y nuestros recuerdos. Cada lector podría hilvanar su biografía en la hilera de relatos que lo han marcado. Cervantes nos enseñó que los personajes de una novela se convierten siempre en otra cosa con el discurrir de las páginas, como la vida misma. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo libro, que diría Heráclito. Nosotros, en cierta forma, somos personajes de nuestras lecturas y aquellas obras que nos marcan son, precisamente, las que nos han convertido en otra persona al acabar sus páginas.
Identifico esa experiencia con una emoción muy íntima de cuando era adolescente: el deseo de regresar a casa para continuar leyendo una novela, y esa sensación noctámbula de no poder  abandonar la lectura pese al sueño...
Es cierto que esa fascinación es propia de la edad de la inocencia en la que descubrimos el mundo, como el hielo de Macondo, y que según nos adentramos en la madurez nos desposeemos de la magia de la lectura y su capacidad para hacernos mejores. Por qué los adultos descreen de las novelas… ésa es una pregunta que deberíamos hacernos.
La ficción, de alguna forma, es territorio de la juventud. Recuerdo con fascinación dos novelas juveniles Momo y La historia interminable, y me recuerdo leyéndolas abrumado y admirado por la fantasía perturbadora de Michael Ende, que te toca en las fibras de lo humano con una infinita ternura.
Añado a la lista, años más tarde, Cien años de soledad, Rayuela, Juan Rulfo, La insoportable levedad del ser, Tiempo de silencio, La colmena… y buen ramillete de lecturas, entre granos y libros de instituto, para descubrir que el mundo (no sé si por este orden) es un lugar complejo y fascinante. Después estudié filología y vinieron El Lazarillo y El Quijote, novelas a las que acudo recurrentemente y sin las que nunca me hubiese hecho escritor.
Más si, a pesar de lo dicho, he de quedarme con un título ése es El otoño del patriarca. Novela de Gabriel García Márquez enterrada seguramente por el éxito y la calidad de su extensa obra. Si Gabo no hubiese escrito El amor en los tiempos del cólera, o Cien años de soledad, o El coronel no tiene quien le escriba… tal vez otro gallo le hubiera cantado a esta novela. 



Si intentamos hacer una sinopsis de la novela —misión imposible—, enseguida nos damos cuenta de que su singularidad es, al mismo tiempo, la fuente de su encanto y también el motivo por el que no se halla entre las obras más célebres del colombiano. El otoño del patriarca narra, en clave poética, la vida de un dictador caribeño: sus conspiraciones, sus amores, sus miserias, su desnuda y cruel humanidad. Pero García Márquez huye de una narración convencional (planteamiento, nudo y desenlace, que diría el escritor frustrado de La colmena) y nos sitúa, desde la primera frase, en un universo lírico que atraviesa el tiempo y nos asoma, con la música de las palabras, a la inmensa soledad de la existencia.
Estamos ante una novela musical, con una sintaxis laberíntica de oraciones interminables que se derraban de página a página y que, sin embargo, es la única capaz de crear la atmósfera de ensoñación, subjetivismo y melancolía que envuelven al dictador.
Márquez desnuda a un personaje despreciable pero también humano (esto es, digno de conmiseración) y lo hace, antes que con el relato de su vida, con el ritmo de una prosa poética capaz de llegar hasta el último recoveco del alma. Los episodios pasan ante nosotros como en un sueño, en un tiempo mítico sin principio ni fin, impregnados de irrealidad y engarzados por secretos pasadizos que conducen siempre a la misma soledad.
García Márquez nos enseña, con maestría, que la forma es contenido y que los géneros son corsés, a veces hasta ridículos, donde empaquetamos las grandes obras. Aunque de esto te das cuenta después, cuando te haces escritor y filólogo (tampoco sé en qué orden). De entonces, cuando leí la novela por vez primera, me recuerdo embelesado, saboreando los adjetivos y las subordinadas interminables sin dejar de pensar: “qué hermoso es esto”. Tal vez era lo que Theodor Adorno definía como el escalofrío de la belleza.
La búsqueda (a veces frustrante) de aquella experiencia estética, de aquel placer, es la que me convirtió en un lector contumaz y un escritor en ciernes. Veinticinco años después aún busco en mis textos, no sé si en vano, ese fulgor de belleza que me dejó El otoño del patriarca. Fíjense si me marcó.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Contra la gratuidad del libro de texto


Todos los años por estas fechas, de forma recurrente, se inician campañas bienintencionadas de apoyo al intercambio de libros de texto, como si éste fuese un gasto innecesario, casi inmoral, que es preciso erradicar de las economías domésticas. Este año ha sido el PSOE el que ha ofrecido sus Casas del pueblo para tan noble iniciativa. Las televisiones se suman al festín y ofrecen estos días su cobertura mediática, y todo el mundo asiente desde su sofá, con la conciencia tranquila, cuando emiten la noticia de que una asociación de madres y padres de aquí o allá organiza el reciclado de libros de cursos pasados.
En el fondo subyace la idea, tan perversa como arraigada, de que el libro de texto es un material caro, obligado y abusivo, contra el que es necesario una rebelión ciudadana. Las editoriales, en esta simplona visión del mundo, representan lo peor del capitalismo salvaje: despiadadas organizaciones sin escrúpulos que imponen cambios innecesarios en los materiales para aumentar cada año sus ventas y que buscan, con la coartada de la educación, el lucro a costa de los indefensos padres de familia. El agravio se consuma y las ideas se consolidan cuando cada padre, llegado septiembre, debe abonar una media de 200 euros por hijo en material educativo. ¡Y sin financiación, como un móvil o unas vacaciones!
Con prejuicios tan enquistados se hace muy difícil defender al libro de texto. Pero esta realidad puede verse desde ángulos bien diferentes. Un servidor lleva ocho años trabajando de editor de materiales educativos y otros tantos en la educación. Conozco de primera mano las cuantiosas inversiones que las editoriales han hecho y hacen para renovar sus materiales y mejorar la calidad de la enseñanza: hablo de libros de texto digitales, de investigación en innovaciones pedagógicas (aportaciones de las neurociencias a enseñanza, aplicación de rutinas de pensamiento, aprendizaje basado en problemas, aprendizaje por competencias…), y equipos numerosos de especialistas, pedagogos, asesores, correctores... ¿Quién sabe que la producción de un libro de texto puede superar los 100.000 euros?
Sí, la realidad es que el libro de texto es un material caro, sensible, con un complicado y costoso sistema de producción, en el que intervienen miles de profesionales de la enseñanza y de la edición (que da de comer a muchas familias: libreros, comerciales, distribuidores…) y que pretende llegar a ese terreno de la innovación educativa que el sector público ni puede ni quiere asumir.
Todo esto, claro, con España en un lugar sonrojante en los informes de la OCDE, con un 20% de alumnos incompententes en comprensión lectora o matemáticas y ciencias, y con unas tasas de abandono escolar en torno al 25%...
Sí, la realidad puede ser otra bien distinta. Por ejemplo, que las editoriales han invertido ingentes cantidades en libros digitales que no obtendrán retorno porque la administración ha frenado la digitalización de las aulas por falta de recursos. Por no decir que hay comunidades autónomas que, en la demonización del libro de texto, han implantado sistemas de gratuidad que han depreciado el valor de los libros y han minado al sector editorial y llevado a la ruina y al cierre a muchas editoriales educativas. Sistema de gratuidad, dicho sea de paso, que cercenan la relación que el niño establece con los libros (pues lo convierte prácticamente en un producto desechable, de usar y devolver) y, en el caso de los libros de ficción, menoscaba ese anhelo y ese derecho por el que suspiraban los intelectuales ilustrados: que cada persona pudiese crear su biblioteca personal.
Si a este cúmulo de adversidades se le suma la crisis y la inevitable reducción del gasto en las familias nos queda un panorama desolador y un sector tocado del ala. 
Tal vez sea preciso recordar obviedades: la editoriales persiguen un legítimo beneficio empresarial, pero en su naturaleza y finalidad está la mejora de la calidad de enseñanza, un objetivo que no merecería ese generalizado desprecio social. El libro de texto es cultura, en su senido cabal, y este es el mensaje que no consigue llegar a la sociedad. Nadie ve las editoriales educativas como I+D.
Admitamos que reciclar libros de texto es bueno y que supone un ahorro para las familias, pero llevemos este argumento hasta el límite y valoremos hasta qué punto las buenas intenciones pueden tener consecuencias negativas: intercambiemos ropa hasta que cierren las tiendas de Zara, viajemos a la casa del pueblo de los abuelos y hundamos el turismo, comamos en el trabajo y acabemos con la hostelería, usemos el teléfono fijo y no el móvil, cambiemos las películas de vídeo y dejemos de ir al cine y al teatro… En fin, creemos una idílica sociedad de trueque y de buenos salvajes y condenemos el consumo como causa de todos los males.
¡Mira que hay cosas en las que ahorrar antes que en la cultura y la educación! Nadie se escandaliza (al menos no se organizan campañas en contra) por el precio de un abono de fútbol, ni por las facturas del móvil ni el coste de un terminal, ni por el precio de la ropa de marca (ésa que llevan los chicos cuyas familias recelan en comprar libros), ni por la suscripción a una televisión de pago, ni por el plazo de un coche, ni por la cuenta de una cena en un restaurante… No, lo caro, lo inmoral y abusivo es el precio de los libros de texto que pretenden ayudar a que cada hijo de vecino sea un ciudadano formado, crítico y competente.
Mientras ésa sea nuestra escala de valores no es de extrañar que estemos en el furgón de cola de los informes PISA sobre calidad educativa y que el libro de texto sea, cada vez que se inicia la cacería del nuevo curso, una pieza para abatir a la que se apuntan, sin pensarlo dos veces, todos los ciudadanos de buena fe.