Oficio de tontos

Tontos son los creen, los que crean, los que buscan el temblor de una palabra, los que se ríen de su sombra, los que se enamoran por nada, los que pierden pero no se pierden, los que se enorgullecen de sus amigos, los que no eligen el camino fácil, los que siempre están ahí, los que piensan que el mundo no está perdido todavía... Bienaventurados los tontos, porque de ellos será el reino de la literatura.

jueves, 2 de enero de 2025

DOS MAS DOS

DOS MÁS DOS (Y OTROS GRANDES ENIGMAS DE MI ADOLESCENCIA)

publicado en Edelvives

PREMIO NACIONAL DEL NOVELA JUVENIL ALANDAR 2023

En la vida, dos más dos no siempre son cuatro. Y si no que se lo digan a Diego: desde que ese tal Roberto llegó a clase, su vida se desmorona como piezas de dominó. Irene ya no quiere estar  con él, el matrimonio de sus padres atraviesa  una crisis, hasta el fútbol lo abandona cuando más lo necesita. ¡Todo le sale mal! Y lo peor es que cuanto más trata de arreglarlo, más mete  la pata. Diego tendrá que sortear todo tipo de situaciones disparatadas, incluido un enigma matemático, para encontrar la respuesta a los grandes misterios de su adolescencia... 

Porque… ¿de verdad dos y dos son cuatro?




«Esta es la historia de Diego —comenta el autor sobre la obra—, un chico que no deja de equivocarse: en sus decisiones, en la idea que tiene de los demás, y en todo lo que ocurre en su vida. El detonante de sus desgracias es un compañero que llega al colegio y le roba la popularidad. Diego trata de recuperar su lugar, pero cada error lo lleva a otra equivocación aún más grande. Sin embargo, a pesar de los varapalos, el chico no se rinde nunca. Esa es su arma secreta que ni él mismo conoce: seguir adelante. Y cuando se toca fondo y nada parece tener sentido, el universo se ordena y —¡caramba! — dos más dos parece al fin que son cuatro». 



Ceremonia de Entrega de Premios en 2023, Sevilla

LA CRÍTICA HA DICHO DE ESTA NOVELA

EL IDEAL GALLEGO, Luis Alonso Girgado




DIARIO DE SEVILLA, Ana Sánchez Ameneiro


martes, 31 de diciembre de 2024

RIETE DE LA LENGUA




 Ríete de la lengua te conducirá por todos los caminos y requiebros de nuestra gramática, pero para ello solo utilizará chistes como forma de ilustrar los conceptos básicos de la lengua española. Un libro singular que mantiene un magnífico equilibrio entre el rigor filológico y el humor, repleto de chistes, digresiones y todo tipo de anécdotas lingüísticas que nos garantizan una lectura para tomársela muy en serio. O no.








jueves, 16 de junio de 2016

Charla en el IES Albero

Semana atrás visité a los alumnos del Instituto Albero de Alcalá de Guadaíra paa conversar con ellos de La familia Rimaldi (SM). Uno acude a los institutos a dar charlas con la moral alta y las expectativas bajas, pues es sabido que los adolescentes, salvo una inmensa minoría, tienen otros intereses que no son los libros.
Sí, uno acude para ganar alguna adhesión para la causa y sale con una sonrisa en los labios si al menos un pequeño grupo se ha interesado por lo que le has dicho y regresa a casa con ganas de coger un libro.

Mi sorpresa el otro día fue doble, pues, además de que nadie suele ser profeta en su tierra, me encontré con un grupo de alumnos muy motivados que incluso me prepararon una escenificación con los personajes del libro. Alumnos motivados, creativos y curiosos... Chicos como estos quería uno encontrarse en sus clases...

El mundo no está perdido todavía.

Buena culpa tendrán mis queridos Javier Hermida, Rosa o María del Águila, profesores del IES Albero que tan cuidadosamente prepararon el acto. Reconforta saber que en tu ciudad existen tan buenos profesionales de la enseñanza, en contra de todo lo que se suele decir de este gremio.
A todos ellos, profesores y alumnos, mi más cariñoso agradecimiento, mi más profunda gratitud. Espero que se repita el año que viene.

lunes, 2 de mayo de 2016

Los nuevos talentos de Aquí te pillo, aquí relato

Llevo meses apartado del blog y otras distracciones literarias. El motivo es poderoso: he vuelto a dar clases de literatura y la enseñanza o te absorbe completamente o no es enseñanza.
Cumplo ahora siete meses en el Colegio Buen Pastor de Sevilla, en el barrio de Nervión, al que la fortuna me ha puesto en mi camino.
Me he topado con un proyecto educativo que cree ciegamente en la cultura: todas las semanas hacemos visitas culturales, los chicos leen dos libros al mes, aprender a recitar a Espronceda, a debatir en público y raro es el día que no tenemos una conferencia, un libro-forum, una película o una semana de las letras...
Y con un equipo de gente maravillosa, apasionada de su trabajo: Encarnación Buendía, Caty Recio, Mariló Domínguez, y la familia Egea.


Actividad frenética en cultura y sólida formación en valores para educar a ciudadanos. El colegio donde a uno le hubiera gustado estudiar y donde uno quiere llevar a sus hijos.

No es raro que en este contexto, en tan poco tiempo, haya fructificado un taller de creación literaria y la publicación de su primer libro. Todos los martes, fuera del horario escolar, me reúno con una veintena de alumnos con los que debatimos cómo escribir un buen texto literario. Le sorprendería la creatividad y la madurez que pueden tener chicos de doce años a poco que se les dé confianza y algunas bases técnicas.

El resultado de esta experiencia se presentó el pasado día 30 de mayo en la Feria del Libro de Sevilla, escenario de lujo para una puesta de largo que promete muchas alegrías. Se trata de una colección de libros de microrrelatos, titulada Aquí te pillo, aquí relato. Cada número gira en torno a un elemento común: un objeto, lema... En este caso, han sido unas llaves y una frase motivadora: al cruzar por el puente, tiré las llaves al río.
Y el resultado han sido veintidós relatos fantásticos, en el amplio sentido del término.

A lo pocos curiosos de este blog, les tendré al tanto. Les aseguro que la experiencia merece la pena.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Soneto-invitación de la presentación de La familia Rimaldi

El Foro de Oromana les invita,
a final de mes, día veintinueve,
tanto si hace calor como si llueve,
a un acto de postín, ¡una gran cita...!

Nos honrará una familia exquisita
dignándose a mezclarse con la plebe...
La familia Rimaldi, ese jueves
estará en nuestra Alcalá de visita.

Los verán en el Hotel Oromana,
justo en las vísperas de los difuntos,
a las ocho (¡qué mala rima!) en punto.

Si usted es más fino que una porcelana,
y aunque esté tieso, es un señorito,
¡venga!, hay canapés y es gratuito.

Estrambote:
Para hacer la velada divertida
presentará el acto Javier Hermida.

martes, 6 de octubre de 2015

La familia Rimaldi

Queridos amigos, conocidos, colegas y todas las variantes de la amistad, acaba de salir a la venta el último libro de un servidor: La familia Rimaldi, publicado por SM en la prestigiosa colección de literatura juvenil El barco de Vapor.

Se trata de un libro de relatos en verso, de tono humorístico, dirigido al público juvenil, aunque legible por un lector adulto con ganar de pasar un buen rato. Está protagonizado por una peculiar familia, entre aristócrata y friki, cuyo rasgo característico es que todos sus miembros, por un costumbre ancestral, hablan en verso.

En la obra se emplean hasta 35 tipos de estrofas (sonetos, romances, liras, silvas, tercertos...) y todos los tipos de versos y rimas de la tradición poética castellana. En cierta forma, La familia Rimaldi es un manual de métrica, en cláve lúdica y distendida, para aprender y disfrutar de la poesía. Una herramienta poderosa en manos de un docente que quiera enseñar la poesía desde el juego y el divertimento.

Porque la vida con poesía (este es el lema de la familia) es mucho más divertida.

Las ilustraciones, de Pablo Tambuscio, juegan un papel muy importante en la publicación.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Charla en el Colegio Divino Maestro de Madrid

"Cada vez que iba a empezar un examen, Olvido tomaba el papel en blanco y olvidaba su nombre". Este sugerente inicio es uno de los resultados de la charla que un servidor tuvo días atrás, en el Colegio Divino Maestro de Madrid. Planteamos el acto como un taller, huyendo de las clases magistrales que tanto sueño dan a las ocho de la mañana, y les propuse a los chicos que, entre todos, construyéramos un relato fantástico siguiendo diez pasos previamente establecidos.
Era una forma, por otra parte, de explicar a los chicos cómo había yo escrito El sombrero de las ideas descabelladas (Edebé, 2012), novela que los alumnos había tenido dentro del Plan Lector del instituto, y que era la excusa para encontrarnos y charlar un rato sobre literatura y vida.

La verdad es que la experiencia no pudo ser más grata y satisfactoria. Y por varios motivos, que publico como deuda de gratitud. En primer lugar, por el celo profesional y la seriedad con la que el equipo docente del centro había planificado no solo el acto, sino el trabajo con el libro. Ana Hernaz, Belén, Ana Romeo... y todo el equipo de lengua prepararon minuciosamente la lectura, con actividades en el blog del centro capítulo a capítulo, y culminaron este trabajo con unas espectaculares rutinas de pensamiento. Las rutinas se enmarcan dentro de las nuevas técnicas pedagógicas, en las que el Centro Divino Maestro es vanguardia desde hace ya algunos años. Estas técnicas, mediante unas pautas guiadas, permiten que los alumnos analicen cualquier aspecto de la realidad, construyan su propio pensamiento y además, sean conscientes del mecanismo que han seguido para formarse una opinión. ¡Enseñar a pensar, ahí es nada!

Este, claro está, es el otro motivo mi satisfacción, romper todos esos falsos mitos sobre la lectura: los jóvenes no leen ni saben leer. Si algo pude comprobar la otra mañana en Madrid es que, con buenos tutores, los chicos son capaces de sacarle todo el jugo a una novela. Y una novela, obviamente, no es más que la metonimia de esa realidad, tan complicada y apasionante, que tenemos delante de nosotros cuando cada mañana salimos de casa.

El otro día encontré miradas inteligentes, lectores curiosos, preguntas sagaces, profesores motivados. ¡¿Quién dice que no hay motivos para el optimismo?!

A todos ellos, mi más sincero agradecimiento.






jueves, 26 de junio de 2014

El internauta que mató al pianista

Artículo publicado en la revista Vísperas

¿Acabará Internet con la cultura o se convertirá, finalmente, en su mayor catalizador? La respuesta a esta pregunta retórica, en la terminología de Umberto Eco, divide a la parroquia en apocalípticos e integrados, dos grupos irreconciliables sin mucha posibilidad de matices. Empiezo este artículo desde esa fatiga previa que produce la fundada sospecha de que la poca o mucha discusión que pueda generar lo que diga, sucumbirá sin remedio a ese maniqueísmo, por otra parte, tan propio del carácter español.
O sea: ¿es Internet una amenaza o una oportunidad para el desarrollo de la música, de la literatura… de la cultura? Ya, ya, Internet es sólo un medio, una herramienta de difusión a la que pueden darse muchos y variados usos. Las opiniones sobre este asunto suelen ser bastante benevólas y ven en Internet una suerte de utopía tecnológica que hará accesible el conocimiento y el arte a la gran masa —ciudadanos de la aldea global—, que podrá acceder a los contenidos sin límites ni cortapisas; es decir, de manera gratuita, vulgo, sin pagar un duro.
La discusión, a mi juicio, pibota sobre este molesto detalle: la gratuidad. ¿La democratización de la cultura consiste en regalar (podría haber dicho “robar”) los contenidos culturales? ¿Es posible la creación artística si se erradican los ingresos de los creadores?
Los entusiastas de Internet, ésos que no tienen pudor en descargar libros y películas alegando un universal derecho a la cultura, se escudan en la inadaptación de una industria cultural obsoleta, que no ha sabido palpar el pulso de los nuevos tiempos y que permanece anclada en un modelo de negocio desfasado y abusivo; un modelo, dicho sea de paso, que ha protagonizado durante el siglo XX la mayor eclosión cultural de la historia.
En fin, el que se baja un libro pirata por su lindo rostro, pongamos por caso, suele ver en el librero, el distribuidor, ¡y no digamos en el editor!, una legión de capitalistas desalmados que hacen negocio con los autores o los consumidores, y que se tienen muy merecida la decadencia y la crisis en la que vive su sector. Bajo ese pecado original, claro, el robo de la propiedad intelectual —en el cine, en la música, en la literatura…— parece un acto de justicia poética que convierte al delincuente en un justiciero revolucionario que aboga por un nuevo estatus quo de la cultura en el que todo es libre, universal y gratuito.
Basta un poco de historia para comprobar que el asunto funciona justamente al revés: la cultura floreció, se expandió, desarrolló y popularizó justamente cuando se crearon las condiciones sociales y económicas que permitieron a los autores cobrar por sus creaciones. Justo lo que ahora parece venirse abajo.
En el caso de la literatura es más que evidente: la invención de la imprenta en el siglo XV posibilita una explotación industrial de la literatura que la hace accesible al pueblo, y, de camino, posibilita un modelo de escritor que puede aspirar a vivir de sus libros (Lope de Vega, mal que les pese, era un profesional de la literatura). Sólo entonces la cultura deja de ser patrimonio de nobles y clérigos, y pasa a manos de la burguesía, y de ahí al pueblo que llena los corrales de comedias en el Siglo de Oro. Algunos, por estos y otros motivos, dieron en llamar a esta etapa Modernidad.
Internet e imprenta, una curiosa pareja. Los entusiastas tecnológicos encuentran evidentes similitudes entre la revolución cultural que supuso la imprenta y la irrupción de Internet, pero parecen obviar las diferencias.
El Renacimiento europeo y su esplendor artístico no puede entenderse sin la imprenta, que divulgó el Humanismo, modificó el modelo cultural y el modo de consumir la cultura. La imprenta cambió no sólo la difusión la literatura (de la copia manuscrita pasó a la producción masiva), sino hasta el modo de leer: de las lecturas públicas y la literatura oral, se pasó a la lectura individual y privada, que permitía al sujeto sin privilegios acceder directamente al conocimiento sin mediación del poder.
Abundando en esta idea, la renovación de algunos géneros literarios, como es el caso de la novela moderna que inauguró Cervantes con el permiso del autor del Lazarillo, no podrían haberse dado sin la innovación tecnológica que implicó la imprenta.
En este sentido, las similitudes entre imprenta e Internet son más que evidentes, y es muy posible que la red implique, a corto plazo, un cambio de paradigma similar. Internet ha impuesto una nueva forma de publicar, de distribuir la literatura, e incluso una nueva forma de leer, y al albur de la red es muy posible que florezcan y frutifiquen algunos de los nuevos géneros literarios del siglo XXI: blogs, twitteratura, novelas colectivas…
Pero tal vez por estas coindencias se pasa por talto la diferencia fundamental: la imprenta impulsó la cultura mediante la explotación comercial de las obras, mientras que Internet, cinco siglos después, parece abolir ese negocio.
Las tentativas hasta la fecha de conciliar el potencial de Internet con el negocio cultural no cuentan con demasiadas experiencias exitosas, aunque, esto, claro está, es materia opinable y depende del color del cristal con que se mira.
Una buena forma de salir de dudas es preguntar a los creadores… Pocos escritores, músicos o cineastas, dicho sin la menor elegancia, podrían subsistir con las prebendas que ofrecen los nuevos canales de distribución, sin mencionar el problema endémico de la piratería y su política de tierra quemada y gratis total. Este puede ser el motivo, probablemente, por el cual perdura la vieja industria cultural y sus tradicionales sistemas: hasta que se demuestre lo contrario, no hay nada mejor para potenciar la cultura y presevar al creador.
También hay motivos para la esperanza. Algunos sectores afines a la cultura, como el periodístico, parece que empiezan a salir de esa travesía en el desierto que significaba la difusión gratuita de noticias que imponía tiránicamente la red. Poco a poco, los lectores, los usuarios, regresan a sistemas de pago de contenidos, entendiendo que no puede haber calidad, ni periodismo, ni libertad, ni independencia si no estamos dispuestos a abonar su coste. Literalmente.
En suma, la gratuidad es el fin de la cultura, de la cultura como un derecho o como una profesión. Juan de Mairena nos recordaba que no se puede confundir valor y precio, claro que pagar por la cultura es una forma de apreciarla y de ponerla en valor.
Sea por Internet, sea por los canales tradicionales, es incompatible defender la cultura y negarle el sustento a los creadores. Como es sabido, cada vez que un internauta se descarga un disco gratis, un pianista cae del cielo. No me negarán que es un acto de violencia… gratuita.

jueves, 13 de febrero de 2014

Cuando publicar no vale nada

Artículo publicado en la revista Vísperas. 
 
El escritor, siempre, debe elegir quién juzga su obra. Cuando la somete al jurado de un premio, cuando llama a las puertas de una editorial, cuando la entrega al público no hace otra cosa más que poner su obra a merced de la opinión. Eso es publicar: poner en manos del público.
La publicación, históricamente, ha tenido sus mecanismos de selección. Hasta no hace mucho, publicar era un acto de prestigio que implicaba la superación de los difíciles filtros de la industria editorial. Esta industria y los medios de comunicación (antes la crítica y los académicos) han sido tradicionalmente los depositarios del cánon literario, el órgano que decidía, como un juez severo, qué literatura merece la pena ser publicada y cuál no.
Con sus clamorosos fallos –como todo acto humano—, con sus servidumbres al mercado, este sistema ha funcionado desde la modernidad con contrastada eficacia. Es decir, nunca se ha leído tanto ni publicado como ahora, y a pesar de las dificultades, el genio literario conseguía abrirse paso dentro de ese modelo. Con cierto sesgo idealista podía afirmarse que cualquier escritor con oficio y perseverancia, acababa encontrando su lugar en ese complejo engranaje. Dicho de forma inmisericorde, el talento que se quedaba en el camino (daños colaterales), era tal vez porque adolecía de una cualidad indispensable en la escritura creativa: la perserverancia y la resistencia al fracaso, virtudes sin las que no imagino la madurez de un escritor.

La amenaza digital
La cultura digital e Internet han hecho saltar por los aires toda esa maquinaria laboriosamente construida a lo largo de décadas, incluso siglos. Las editoriales continuan con su trabajo de convertir el talento literario en un negocio rentable, claro está, pero parecen espantadas por el incierto panorama. El libro, como hace algunos años pasó con la música, pierde su valor como producto ante una nueva cultura digital que banaliza la piratería, desprecia los derechos de autor y se mofa o se encoge de hombros ante el culto al objeto físico, ese olor a papel nuevo que siempre ha tenido la liturgia de las librerías.
A día de hoy, con los adelantos tecnológicos e informáticos, la publicación de una obra literaria se ha rebajado hasta la más pura y descarnada gratuidad. Publicar no vale nada, en el doble y en el triple sentido de la expresión. Nada. Basta asomarse a plataformas como bubok para comprobar que cualquiera, en el más estricto sentido del término, puede publicar un libro a dos o tres golpes de clic, sin el menor filtro y sin que el autor ni siquiera deba costearse el capricho, como siempre ha ocurrido con la autoedición.
Las editoriales, claro está, siguen teniendo su peso (los imperios no caen en una hora), pero la crisis está haciendo estragos entre los pequeños editores y los escritores no encuentran salida a sus obras en un mercado despavorido por la caída de ventas y la incertidumbre de un sector que aguarda una reconversión inevitable. El panorama no es muy alentador. La crisis, precisamente, se ha cebado con las pequeñas editoras que copaban, con una oferta alternativa y de calidad, los nichos del mercado editorial.
No son tiempos de alegrías ni de experimentos, y los catálogos de las grandes editoriales cada vez están más contaminados por la sociedad del espectáculo, como denuncia Vargas Llosa en su último ensayo.

El espejismo tecnológico y la democratización de la cultura
Luego está la fascinación digital y la superchería de las nuevas teconologías. Un escritor que no esté en Amazon, pongamos por caso, no puede sentirse moderno, y cualquiera de sus fracasos en la búsqueda (tradicional) de editor serán automáticamente imputados a su impericia digital, a su resistencia al cambio y a no haberse adaptado, cual dinosaurio (de Monterroso), a los nuevos tiempos.
Lo digital se percibe con absoluta benevolencia pues viene con el marchamo de la libertad y la igualdad. En torno a toda esta supuesta democratización (contrapuesta al elitismo selectivo de la industria editorial) se ha generado una mitología que encumbra a autores desconocidos que publicaron desde el sofá de su casa y que vendieron miles de ejemplares en el misterioso laberinto de la red.
Literatura de ficción, claro está, bajo la que subyace una imagen demagógica difícil de rebatir: Internet derriba el muro de clasismo de una industria obsoleta y restrictiva, y miles de autores jóvenes corren por el campo verde de la libertad de publicación.
Uf. Criticar esta visión adánica, como estoy haciendo ahora, ya lleva en sí misma el pecado de la incorrección política y el riesgo de ser tildada de carca a ojos de esa informe masa de opinantes que conforman las redes sociales.
Pero no nos engañemos. Una de las grandes mentiras de la cultura digital es, como se ha insinuado, la aparente democratización. Esto es, esa ingenua historia de que cualquiera puede convertirse en un autor de éxito sin mediación de la industria editorial está contada desde la anomalía estadística. Es decir, la del sujeto al que le toca la lotería, y no desde la de los millones de individuos castigados por la indiferencia del azar.
Esta metáfora me parece más realista que la otra (el éxito en Internet es una lotería), y deja al autor ante la verdad desnuda de someterse al juicio de la red.
¿Cuántos miles y miles de libros se publican diariamente en la App Store, en Amazon, etc. cuyas ventas no superan los dedos de una mano? ¿Qué visibilidad tiene un libro editado en la red si no se cuenta con una ¡industria! de marketing? De esa biblioteca de libros (¡virtuales!) olvidados en las principales plataformas digitales nadie oye hablar...

¿Quién te juzga?
Muchos escritores noveles, aterrados por la severidad de la maquinaria editorial, se entregan, sin más miramientos, a la edición digital con sus grotescas promesas de éxito fácil y rápido. Pero ignoran, o no quieren saber, que la libertad de la red es un concepto muy discutible y que cualquier idea que prospera en ella parece movida por los hilos virtuales de un nuevo poder fáctico que controla los cauces de información. Existen versos sueltos, claro, pero no son más que excepciones a la regla.
Yo he rechazado contratos de publicación digital, no por carca ni obsoleto, sino porque sospechaba claramente que mi obra (mi esfuerzo) quedaría sepultado desde el minuto uno en esos grandes estercoleros de información en los que, desde cierto punto de vista, se convierte la red.
Y las herramientas para luchar contra ese monstruo (el marketing viral, las redes sociales, la autopromoción…) son tan páteticas, que, sinceramente, si esa es la alternativa, prefiero el silencio del anonimato y el estético olvido romántico.
Mucho más caprichosa, injusta y disparatada, me parece esa red de intenautas que igual ensalzan a Paquirrín con millones de seguidores en Twitter, que convierten en trending topic cualquier video chorra grabado en un garaje imitando a un cantante de moda.
Cada escritor es libre de buscarse la vida como pueda, pero los jóvenes escritores que se tiran a esa piscina deben saber que huyen del juez severo de la industria editorial para caer en esa mezcla de caos y populismo que es la red.
La realidad es que la publicación digital no ha hecho más que saturar la oferta, y los mecanismos naturales para corregir esa inflación literaria son el olvido y la indiferencia de esos lectores virtuales a los que se ha desprovisto de la selección (¡profesional!) que hacía la industria editorial.

Volvemos a la pregunta del inicio: ¿a quién entrega un escritor su obra para que la juzgue?
Humildemente, prefiero seguir trabajando duro en mis libros y mis proyectos (siempre con escasas probalibidades de éxito, porque eso es lo estadísticamente normal), confiar en mi oficio y en mi talento a pesar de los fracasos, y someterme al jucio de expertos, por más que puedan darme la espalda.
En cuestión de jucios prefiero a un juez que a un jurado popular. La literatura, como la medicina, mejor en manos de profesionales.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Soneto que un padre de mellizos cuelga en la entrada de su casa durante las vacaciones de Navidad

 
¿Cómo criar dos peques a la vez?
Cariño y paciencia, mucha paciencia,
ojeras y aprender de la experiencia
¡y currar no por dos sino por diez!

Por tal rogamos, en tono amigable,
que en estas vacaciones navideñas,
si quieres ver nuestras caras risueñas,
¡no vengas de visita y echa un cable!

Entrad, amigos, y sed bienvenidos,
os acogemos con el corazón.
Cualquier presente es bien recibido

¡sobre todo el marisco y el jamón!
¡Que el dos mil catorce nos traiga amor!
¡Entrad y cerrad, que se va el calor!



viernes, 13 de diciembre de 2013

Regalo de cumpleaños

Siempre señorita, nunca señora,
nunca te querré menos de la cuenta,
auque desde hoy, desde ya, desde ahora
me cantes cada día las cuarenta.

viernes, 25 de octubre de 2013

El otoño del patriarca

Artículo publicado en la revista Culturamas.   

Mi vida, como tantas otras, está llena de novelas y resulta penoso elegir una sola de esa biblioteca en la que vamos guardando nuestras experiencias, nuestras pasiones y nuestros recuerdos. Cada lector podría hilvanar su biografía en la hilera de relatos que lo han marcado. Cervantes nos enseñó que los personajes de una novela se convierten siempre en otra cosa con el discurrir de las páginas, como la vida misma. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo libro, que diría Heráclito. Nosotros, en cierta forma, somos personajes de nuestras lecturas y aquellas obras que nos marcan son, precisamente, las que nos han convertido en otra persona al acabar sus páginas.
Identifico esa experiencia con una emoción muy íntima de cuando era adolescente: el deseo de regresar a casa para continuar leyendo una novela, y esa sensación noctámbula de no poder  abandonar la lectura pese al sueño...
Es cierto que esa fascinación es propia de la edad de la inocencia en la que descubrimos el mundo, como el hielo de Macondo, y que según nos adentramos en la madurez nos desposeemos de la magia de la lectura y su capacidad para hacernos mejores. Por qué los adultos descreen de las novelas… ésa es una pregunta que deberíamos hacernos.
La ficción, de alguna forma, es territorio de la juventud. Recuerdo con fascinación dos novelas juveniles Momo y La historia interminable, y me recuerdo leyéndolas abrumado y admirado por la fantasía perturbadora de Michael Ende, que te toca en las fibras de lo humano con una infinita ternura.
Añado a la lista, años más tarde, Cien años de soledad, Rayuela, Juan Rulfo, La insoportable levedad del ser, Tiempo de silencio, La colmena… y buen ramillete de lecturas, entre granos y libros de instituto, para descubrir que el mundo (no sé si por este orden) es un lugar complejo y fascinante. Después estudié filología y vinieron El Lazarillo y El Quijote, novelas a las que acudo recurrentemente y sin las que nunca me hubiese hecho escritor.
Más si, a pesar de lo dicho, he de quedarme con un título ése es El otoño del patriarca. Novela de Gabriel García Márquez enterrada seguramente por el éxito y la calidad de su extensa obra. Si Gabo no hubiese escrito El amor en los tiempos del cólera, o Cien años de soledad, o El coronel no tiene quien le escriba… tal vez otro gallo le hubiera cantado a esta novela. 



Si intentamos hacer una sinopsis de la novela —misión imposible—, enseguida nos damos cuenta de que su singularidad es, al mismo tiempo, la fuente de su encanto y también el motivo por el que no se halla entre las obras más célebres del colombiano. El otoño del patriarca narra, en clave poética, la vida de un dictador caribeño: sus conspiraciones, sus amores, sus miserias, su desnuda y cruel humanidad. Pero García Márquez huye de una narración convencional (planteamiento, nudo y desenlace, que diría el escritor frustrado de La colmena) y nos sitúa, desde la primera frase, en un universo lírico que atraviesa el tiempo y nos asoma, con la música de las palabras, a la inmensa soledad de la existencia.
Estamos ante una novela musical, con una sintaxis laberíntica de oraciones interminables que se derraban de página a página y que, sin embargo, es la única capaz de crear la atmósfera de ensoñación, subjetivismo y melancolía que envuelven al dictador.
Márquez desnuda a un personaje despreciable pero también humano (esto es, digno de conmiseración) y lo hace, antes que con el relato de su vida, con el ritmo de una prosa poética capaz de llegar hasta el último recoveco del alma. Los episodios pasan ante nosotros como en un sueño, en un tiempo mítico sin principio ni fin, impregnados de irrealidad y engarzados por secretos pasadizos que conducen siempre a la misma soledad.
García Márquez nos enseña, con maestría, que la forma es contenido y que los géneros son corsés, a veces hasta ridículos, donde empaquetamos las grandes obras. Aunque de esto te das cuenta después, cuando te haces escritor y filólogo (tampoco sé en qué orden). De entonces, cuando leí la novela por vez primera, me recuerdo embelesado, saboreando los adjetivos y las subordinadas interminables sin dejar de pensar: “qué hermoso es esto”. Tal vez era lo que Theodor Adorno definía como el escalofrío de la belleza.
La búsqueda (a veces frustrante) de aquella experiencia estética, de aquel placer, es la que me convirtió en un lector contumaz y un escritor en ciernes. Veinticinco años después aún busco en mis textos, no sé si en vano, ese fulgor de belleza que me dejó El otoño del patriarca. Fíjense si me marcó.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Contra la gratuidad del libro de texto


Todos los años por estas fechas, de forma recurrente, se inician campañas bienintencionadas de apoyo al intercambio de libros de texto, como si éste fuese un gasto innecesario, casi inmoral, que es preciso erradicar de las economías domésticas. Este año ha sido el PSOE el que ha ofrecido sus Casas del pueblo para tan noble iniciativa. Las televisiones se suman al festín y ofrecen estos días su cobertura mediática, y todo el mundo asiente desde su sofá, con la conciencia tranquila, cuando emiten la noticia de que una asociación de madres y padres de aquí o allá organiza el reciclado de libros de cursos pasados.
En el fondo subyace la idea, tan perversa como arraigada, de que el libro de texto es un material caro, obligado y abusivo, contra el que es necesario una rebelión ciudadana. Las editoriales, en esta simplona visión del mundo, representan lo peor del capitalismo salvaje: despiadadas organizaciones sin escrúpulos que imponen cambios innecesarios en los materiales para aumentar cada año sus ventas y que buscan, con la coartada de la educación, el lucro a costa de los indefensos padres de familia. El agravio se consuma y las ideas se consolidan cuando cada padre, llegado septiembre, debe abonar una media de 200 euros por hijo en material educativo. ¡Y sin financiación, como un móvil o unas vacaciones!
Con prejuicios tan enquistados se hace muy difícil defender al libro de texto. Pero esta realidad puede verse desde ángulos bien diferentes. Un servidor lleva ocho años trabajando de editor de materiales educativos y otros tantos en la educación. Conozco de primera mano las cuantiosas inversiones que las editoriales han hecho y hacen para renovar sus materiales y mejorar la calidad de la enseñanza: hablo de libros de texto digitales, de investigación en innovaciones pedagógicas (aportaciones de las neurociencias a enseñanza, aplicación de rutinas de pensamiento, aprendizaje basado en problemas, aprendizaje por competencias…), y equipos numerosos de especialistas, pedagogos, asesores, correctores... ¿Quién sabe que la producción de un libro de texto puede superar los 100.000 euros?
Sí, la realidad es que el libro de texto es un material caro, sensible, con un complicado y costoso sistema de producción, en el que intervienen miles de profesionales de la enseñanza y de la edición (que da de comer a muchas familias: libreros, comerciales, distribuidores…) y que pretende llegar a ese terreno de la innovación educativa que el sector público ni puede ni quiere asumir.
Todo esto, claro, con España en un lugar sonrojante en los informes de la OCDE, con un 20% de alumnos incompententes en comprensión lectora o matemáticas y ciencias, y con unas tasas de abandono escolar en torno al 25%...
Sí, la realidad puede ser otra bien distinta. Por ejemplo, que las editoriales han invertido ingentes cantidades en libros digitales que no obtendrán retorno porque la administración ha frenado la digitalización de las aulas por falta de recursos. Por no decir que hay comunidades autónomas que, en la demonización del libro de texto, han implantado sistemas de gratuidad que han depreciado el valor de los libros y han minado al sector editorial y llevado a la ruina y al cierre a muchas editoriales educativas. Sistema de gratuidad, dicho sea de paso, que cercenan la relación que el niño establece con los libros (pues lo convierte prácticamente en un producto desechable, de usar y devolver) y, en el caso de los libros de ficción, menoscaba ese anhelo y ese derecho por el que suspiraban los intelectuales ilustrados: que cada persona pudiese crear su biblioteca personal.
Si a este cúmulo de adversidades se le suma la crisis y la inevitable reducción del gasto en las familias nos queda un panorama desolador y un sector tocado del ala. 
Tal vez sea preciso recordar obviedades: la editoriales persiguen un legítimo beneficio empresarial, pero en su naturaleza y finalidad está la mejora de la calidad de enseñanza, un objetivo que no merecería ese generalizado desprecio social. El libro de texto es cultura, en su senido cabal, y este es el mensaje que no consigue llegar a la sociedad. Nadie ve las editoriales educativas como I+D.
Admitamos que reciclar libros de texto es bueno y que supone un ahorro para las familias, pero llevemos este argumento hasta el límite y valoremos hasta qué punto las buenas intenciones pueden tener consecuencias negativas: intercambiemos ropa hasta que cierren las tiendas de Zara, viajemos a la casa del pueblo de los abuelos y hundamos el turismo, comamos en el trabajo y acabemos con la hostelería, usemos el teléfono fijo y no el móvil, cambiemos las películas de vídeo y dejemos de ir al cine y al teatro… En fin, creemos una idílica sociedad de trueque y de buenos salvajes y condenemos el consumo como causa de todos los males.
¡Mira que hay cosas en las que ahorrar antes que en la cultura y la educación! Nadie se escandaliza (al menos no se organizan campañas en contra) por el precio de un abono de fútbol, ni por las facturas del móvil ni el coste de un terminal, ni por el precio de la ropa de marca (ésa que llevan los chicos cuyas familias recelan en comprar libros), ni por la suscripción a una televisión de pago, ni por el plazo de un coche, ni por la cuenta de una cena en un restaurante… No, lo caro, lo inmoral y abusivo es el precio de los libros de texto que pretenden ayudar a que cada hijo de vecino sea un ciudadano formado, crítico y competente.
Mientras ésa sea nuestra escala de valores no es de extrañar que estemos en el furgón de cola de los informes PISA sobre calidad educativa y que el libro de texto sea, cada vez que se inicia la cacería del nuevo curso, una pieza para abatir a la que se apuntan, sin pensarlo dos veces, todos los ciudadanos de buena fe.

martes, 27 de agosto de 2013

Para qué —preguntas—, amigo Sancho

¿Para qué...? para llamar vino al vino,
para mirar a pecho descubierto,
para ser el dueño de tu destino,
para mudar el error en acierto.

Para negar mil veces la evidencia
de mentiras mil veces repetidas,
para blandir con rabia la conciencia
y abrir a machetazos las salidas.

Y para qué, preguntas, Sancho amigo,
para robar a los dioses el fuego,
para ser sin el estorbo del ego

y que un crimen no quede sin castigo...
Para que salga el sol cada mañana
y el amor no salte por la ventana.

martes, 11 de junio de 2013

Desahuciados, crónicas de la crisis

Desahuciados. 
Crónicas de la crisis.
Selección a cargo de Rafael Caumel y José Antonio López.
Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

La editorial Traspiés, en su colección Vagamundos, reúne un centenar de microrrelatos e ilustraciones que ofrecen una visón de la crisis desde la literatura. Desahuciados. Crónicas de la crisis, lleva por título esta peculiar edición, cuyos beneficios irán destinados a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.
Escritores como los de Ángel Olgoso, Care Santos o José Antonio Masoliver, o este humilde escribidor, ofrecen una visión conjunto y poliédrica de la crisis, que van desde la desolación a la la rebeldía, el humor, la denuncia...
Decía García Márquez que el escritor tiene un compromiso que va más allá de la política, un compromiso con la realidad. Por eso esta colección no cae en la fácil tentación del panfleto, y aborda la crisis desde la sensibilidad que permite la literatura. Buena literatura para tiempos poco líricos.

martes, 23 de abril de 2013

En el día del libro

 

No hay libro que no contenga algo bueno.

Las penas, con un buen libro, son menos.

viernes, 19 de abril de 2013

Hidalgus, un videojuego ambientado en el Siglo de Oro

Como una vez me recomendó mi amigo Paco Robles, releo el Lazarillo de Tormes una vez al año. En el Lazarillo están los rudimentos básicos para entender el carácter español (¡y la actual crisis!). En  nuestro Siglo de Oro se forja lo mejor y lo peor del español: la picaresca, deliciosa literatura que denuncia la quiebra moral del individuo que aprende a mentir en beneficio propio y que concibe la prosperidad como un camino de tretas y engaños.
Enamorado de el Lazarillo y del Quijote, se me puso a tiro, de la mano de Estebán Lorenzo y Rosa Samper, un hermoso proyecto que acaba de ver la luz: Hidalgus, las aventuras de Martín Quesada, un videojuego de rol, para tabletas, ambientado en el siglo XVII. Tecnología y entretenimiento, al servicio de la mejor tradición literaria (o viceversa). ¡Quién le hace ascos a este dulce!
Lo interesante de este proyecto, ya realidad, es que la parte narrativa, al contrario de lo que suele ser tendencia en el mundo de los videojuegos, no se planteaba como una excusa sino como uno de los elementos principales. En cierta forma, Hidalgus es una novela, contada con los rudimentos de los videojuegos y subordinada también a sus exigencias técnicas y recursos. Pero es una historia, y contiene todos los elementos de una novela, narrados gráficamente. Además están diálogos, para dar humor a la historia y ambientar la historia en la época. Pero es una historia.
Las primeras críticas del juego (Applesfera, Papel en blanco, Ipadizate...), por fortuna, resaltan la calidad de la historia. Narrativa y videojuegos: interesante binomio...


miércoles, 13 de marzo de 2013

Bubok, la inflación literaria y el papel de las editoriales

Se publica mucho, aunque la sensación de los autores sea justamente la contraria. Unos 80.000 al año sólo en España, según Wikipedia. La lista de libros editados cualquier año daría para rellenar una biblioteca de Alejandría. Los sellos de autoedición, los blogs o las nuevas plataformas digitales de autoedición han derribado los tradicionales obstáculos entre el autor y la edición de su obra. Baste de ejemplo la conocida web Bubok, cuya publicidad invita, sin trampas ni cartón, a la publicación de un libro sin coste alguno para el autor.
En suma, la democratización (rasante) de Internet han banalizado la edición hasta tal punto de que "cualquiera" (sin la menor carga peyoratia) puede editar un libro. Y probablemente está bien que así sea o, cuando menos, lo contrario resulta más atroz.
Sin embargo, el problema sigue siendo el mismo, aunque se sitúe en otro plano. La dificultad ahora de los autores desconocidos no es publicar sino tener lectores, que viene a ser lo mismo. Publicar un libro, como se ve, es fácil, pero tener lectores (que además compren la obra), es otro cantar.
En mi opinión, la gratuidad de la edición (como todo lo gratuito) genera, sin quererlo, un panorama más inquietante y desolador. Internet da voz a quien no la tiene y medios de difusión a quienes ni siquiera aspiraban a ello, pero, también sea dicho, genera mucho ruido. ¿Quién se atreve a poner en duda la calidad de esta esa ingente producción de libros noveles que circulan por la red sin parecer un nazi cultural? Tal vez ya se encarga de hacer la selección natural la indiferencia general y el olvido que está reservada a la mayoría de lo que se publica. No se olvide que el caso de las obras que triunfan sin medios, por el raro azar de la red, son la excepción: son el espermatozoide que llegó al óvulo del éxito sin que sepa bien cómo. Lo normal es el fracaso, los millones que se quedaron en el camino.
Está bien, aceptemos que todo tiene su espacio y que el mundo editorial comercial convive sin estridencias con esta nueva forma de edición, pero ¿quién se pone en el lugar del lector?
El lector, por más que nos rasguemos las vestiduras, necesita referencias, pautas de lo que merece la pena de ser leído. No es una cuestión de incapacidad crítica ni intelectual, sino de falta material de tiempo.
Esa función históricamente ha sido ejercida por académicos y críticos, que dictaban el canon literario de cada época. Profesionales, al fin y al cabo. En la actualidad ese papel lo ejercen o ejercían las editoriales y los editores. Las editoriales -está en su naturaleza- determinan qué merece ser publicado y qué no. Y esa labor de númerus clausus orienta al lector (¡también consumidor!) en el proceloso mar de la inflación literaria. Por qué esa labor de asesoría (¿no es eso en el fondo?) está tan mal vista es, para mí, un misterio.
Las editoriales son expertas que despejan (¡con evidentes errores!) el grano de la paja. Aunque, claro, queda mucho mejor decir que todo el mundo publique cuanto quiera y lo que quiera. Yo no lo voy a censurar. Pero cualquiera que haya publicado algunas obras en diferentes editoriales sabe que sin ese ramillete de fracasos y de negativas, de puertas cerradas y decepciones, de proyectos en el cajón de espera, es imposible mejorar como autor. No hay escritor que no se haya forjado en la lucha casi prometética por publicar.Y como en la edución de los niños, alguien tiene que decirte que no (ser editor es, básicamente, decir que no).
Lo otro (la cultura del gratis total y todo sin esfuerzo) se parece más a la satisfacción del ego que a la búsqueda de la expresión literaria y la comunicación con el lector.